La respuesta rápida sería: “De un tweet leído en el momento oportuno”. Pero, como suele ocurrir en la investigación, detrás de ese momento aparentemente casual había años de ideas en pausa, colaboraciones mantenidas a distancia y un proyecto que simplemente estaba esperando el contexto adecuado para tomar forma.
Para contar la historia de manera más completa, hay que retroceder al final de mi doctorado. En ese momento, mi entonces director de tesis, el Profesor Yann Hénaut, y yo acordamos que, si en el futuro surgía la posibilidad de volver a trabajar juntos sobre diferencias individuales, personalidad y comportamiento animal, sería interesante hacerlo con cocodrilos. Era diciembre de 2021, y esa idea quedó guardada en un cajón… El tiempo pasó. Volví a Italia desde México, donde había realizado mi doctorado, y trabajé dentro y fuera del ámbito académico. Pero la idea nunca desapareció del todo. Se quedó ahí, en segundo plano, en ese lugar de la mente donde terminan las cosas que todavía no podemos realizar, pero que tampoco logramos abandonar.
A finales de 2022, esa idea salió por un momento del cajón. Había leído sobre algunos investigadores en Suecia que estaban estudiando caimanes y cocodrilos, y eso me hizo pensar nuevamente en la posibilidad de desarrollar un proyecto comportamental con estos animales. Así que escribí a una amiga muy querida que conocí en México, la Dra. Marisol Buenfil, para preguntarle si podía ponerme en contacto con investigadores que trabajaran directamente con cocodrilos. Su respuesta fue inmediata y muy tranquilizadora, algo como “No te preocupes, yo me encargo”, y así fue. Tuvimos una primera videollamada con un grupo de académicos especializados en cocodrilos de CEDESU, el Dr. Sergio Padilla y el Dr. Mauricio Jáuregui, quienes se mostraron interesados y dispuestos a apoyar un posible proyecto comportamental. Sin embargo, ese primer intento no se concretó, y la idea volvió al cajón.
Al menos por un tiempo.
A finales de 2023, mientras seguía buscando una manera de volver a trabajar en diferencias individuales en animales, leí un tweet de la Profesora Claudia Wascher, en el que expresaba su disponibilidad para recibir estudiantes e investigadores interesados en cognición animal. Entonces esperé un poco, me informé mejor sobre su trabajo y volví a escribir a Marisol, Sergio y Mauricio, diciéndoles que iba a contactar a Claudia y que, básicamente, si ellos seguían disponibles con los cocodrilos… solo quedaba cruzar los dedos. Si estoy contando esta historia, es porque esa primera videollamada con Claudia fue bien. Fue ella quien dijo: escribamos un proyecto para la beca Marie Skłodowska-Curie.

Debo admitir que, sabiendo lo difícil que es no solo escribir, sino, sobre todo, obtener ese tipo de financiación, la idea, al principio, me asustó. Sin embargo, el apoyo de Claudia durante todo el proceso de escritura, junto con todas las personas que leyeron y comentaron los borradores, hizo que viviera esos meses como algo que podría definir como “tranquilamente estresante”: estresante por la importancia del proyecto, pero tranquila gracias al apoyo de toda la red de investigadores que se estaba formando alrededor.
Lo que al principio era solo una idea general—estudiar las diferencias individuales, la personalidad y el comportamiento en cocodrilos—poco a poco tomó una forma más definida. Gracias a la experiencia de Claudia, se convirtió en un proyecto sobre la evolución de la plasticidad cognitiva en cocodrilos, las diferencias entre individuos y las capacidades cognitivas a lo largo de distintas etapas de la vida. La convocatoria Marie Skłodowska-Curie se abrió, si no recuerdo mal, en abril de 2024, pero nosotros ya habíamos empezado a estructurar el proyecto desde marzo. La escritura de lo que luego sería EvOCRO duró varios meses. La fecha límite era el 11 de septiembre y envié el proyecto, con toda la documentación, el 10 de septiembre de 2024. Podéis imaginar cuántos meses de trabajo hubo detrás: todos los días posibles. Mientras tanto, trabajaba como camarera, esperando y deseando obtener esos fondos que, por mucho que creyera en el proyecto, seguían pareciéndome casi imposibles. Escribía cuando podía: en ratos libres, en días libres, siempre que encontraba un momento. Y mientras el proyecto tomaba forma, yo seguía pensando que era algo precioso, sí, pero también extremadamente difícil de conseguir.
La espera fue larga. Hasta febrero de 2025, cerca de mi cumpleaños, cuando llegó el correo que confirmaba que EvOCRO había sido seleccionado para recibir financiación europea. Recuerdo perfectamente esa sensación extraña, casi irreal. Durante meses había trabajado en un proyecto en el que creía muchísimo, pero que, al mismo tiempo, sentía casi imposible. Y, sin embargo, había sucedido.

Lo que en diciembre de 2021 era solo una idea al final de mi doctorado—una de esas cosas que se dicen pensando “quizá algún día”—se había convertido en un proyecto real. EvOCRO no nació de un solo momento. Nació de intentos, esperas, mensajes, personas que creyeron en la idea y de coincidencias que ocurrieron en el momento justo… como ese tweet que encontró una idea ya existente. Una idea guardada en un cajón, sí, pero nunca completamente olvidada.
F.M.C.
(header image by Peter Olexa from Pixabay)